sábado, 24 de abril de 2010

El símbolo Garzón


SAMI NAÏR 24/04/2010

Es la persecución, ahí está la presa. ¡Ya es la hora del castigo! Todo transcurre como si Baltasar Garzón fuera perseguido sólo porque es una persona que resulta incómoda, un símbolo de esa justicia universal que muestra tantas dificultades en consolidarse ante las razones de Estado y los imputados protegidos por instituciones sólidamente conservadoras. De las tres causas abiertas contra él, está claro que lo que constituye a ojos de sus adversarios un motivo para acusarlo de un delito de lesa majestad es la ruptura del pacto de silencio sobre el pasado de España, sumado al papel de inquisidor de la corrupción en el sistema político. Hay algo efectivamente denigrante en el intento de manchar la reputación de esta persona, por ahí donde la condena moral es más estigmatizante: el crimen de prevaricación, es decir, de deshonestidad material. ¡Pardiez! He aquí un juez que se ha ganado la fama de azote de la corrupción, de enemigo irrevocable de traficantes de todo tipo, y que no es, él mismo, más que un especulador venal. Y, ¿es aceptable, sugieren, que una persona como ésa, juez por añadidura, quiera restaurar la integridad de la identidad colectiva cuando él mismo es perseguido por falta de integridad en su cargo? Éste es el razonamiento perverso de quienes piden la cabeza de Garzón. No hay modo más eficaz para desacreditar, deslegitimar y, en definitiva, mancillar a un juez. Moraleja: aquellos que están en todas partes convencidos de que hay que decir la verdad sobre el pasado para asumir una identidad común en el presente, sin querer por ello instaurar un arrepentimiento que culpe a los vivos, se exponen a la venganza de los maestros del silencio.

Pero, ¿quién puede seriamente creer que los dramas de la Guerra civil permanecerán eternamente sellados por el silencio de una sociedad que reniega de su pasado? La paradoja a la que se ven confrontadas todas las naciones es que no pueden construir nada sólido para el futuro si no son capaces de enfrentarse a su propia historia. Y ésta nunca es un cuento de hadas, sino siempre un relato sangriento, violento y, al final, de reencuentro pacífico. Asumir la tragedia, convertirla en un momento de celebración de la memoria colectiva, es integrarla en la identidad para impedir que se repita. Que se sepa, este juez no ha declarado en ninguna parte que su investigación fuera selectiva, que quisiera emprenderla solamente con los crímenes de la dictadura franquista; que se sepa, no ha querido vengarse. Y, menos aún, reabrir las heridas que no han cicatrizado aún.

Decía Ernest Renan que una nación es "un plebiscito de cada día". Añadía, además, que no puede construirse sin una parte de olvido, porque, si no, es un desgarro de todos los instantes. Pero el olvido no es el silencio y, menos aún, la ignorancia. El olvido necesario, y el perdón, que se convierte poco a poco en su corolario, no pueden manifestarse si no es sobre la base de un conocimiento real de los hechos. Lo que sería inaceptable, sería ver ese pasado con un solo ojo; hay que interrogar a todas las partes del drama, y dentro de cada bando. La historia es un bloque, que no se divide en verdades parciales, y las guerras civiles son siempre escuelas de barbarie. En todos los bandos.

¿Consistirá el crimen de Garzón en haber querido, basándose en el derecho, abrir ese doloroso camino de identidad común? Él, que ha lanzado tantas investigaciones porque cree en la universalidad de la justicia, debía de prever que un día abrirían una sobre él mismo, ya fuera por motivos tan frágiles como inconsistentes. Podemos estar en desacuerdo con él, pero ¿justifica eso que sea vilipendiado en su cargo?

La persecución de la que hoy es víctima y el sentido que tiene para España como para el resto del mundo, son en realidad profundamente simbólicos. Aquello a lo que se apunta en esta siniestra comedia es el papel de los magistrados que quieren hacer de la justicia, en nombre de la democracia, un arma contra todas las corrupciones y manipulaciones. Es el caso de Di Pietro en Italia, o el de todos esos jueces anónimos que, un poco en todas partes hoy en el mundo, hacen su trabajo diario de centinelas de la justicia y del derecho de la gente. Ellos se ven también afectados por el ataque contra Garzón. Es a ellos a quienes decimos sin escribirlo: "No estáis libres de ser justos". Sin embargo, no hace falta ser adivino para comprender que un día nos daremos cuenta, inevitablemente, de cuán dañino habrá sido ese acoso a un juez culpable solamente de haber creído que podía ayudar a hacer justicia a la memoria de los vencidos de ayer.

domingo, 18 de abril de 2010

La tumba


MANUEL VICENT 18/04/2010

La izquierda política considera un escándalo que Falange Española, salida, de repente, del baúl de la historia, tenga fuerza suficiente todavía para sentar al juez Garzón en el banquillo. No es tan raro. El cadáver de José Antonio, fundador de ese movimiento fascista, está enterrado con todo honor al pie del altar mayor de la basílica del Valle de los Caídos, y durante 30 años de democracia nadie ha osado tocarlo. Al iniciar su instrucción sobre los crímenes del franquismo el juez Garzón pidió el certificado de defunción de Francisco Franco y esta diligencia, que sólo era un requisito formal, causó asombro en la mayoría de españoles. Los más ingenuos pensaron que ese papel era innecesario porque se sabe a ciencia cierta que los huesos del dictador permanecen bajo una losa de mil kilos en la basílica del Valle de los Caídos construido por presos políticos, y en la vertical de sus despojos se levanta una poderosa cruz de granito. En cambio, otros más suspicaces dudan que Franco haya muerto, porque precisamente esa enorme cruz proyecta todavía desde las breñas de Cuelgamuros la sombra del dictador sobre todas las instituciones de la democracia. A estas alturas lo realmente escandaloso debería ser el miedo reverencial que sienten los demócratas españoles hacia ese panteón faraónico, como si esa olla de hormigón guardara una barra de uranio que puede liberar una incontrolada carga radioactiva muy peligrosa. De ese miedo nacen todas las ruedas de molino con las que hay que comulgar. Es evidente que la actitud de este juez ha liberado unas fuerzas reaccionarias muy oscuras que nuestra democracia creía cegadas para siempre. Metidos en estos enredos jurídicos de rábulas se puede discutir si el juez Garzón ha prevaricado a la hora de tocar esa barra de uranio radioactivo. Juristas insignes lo niegan. El acto con que un juez inicia unas diligencias de investigación no puede ser nunca constitutivo de prevaricación porque en ese momento no se actúa aun contra nadie en concreto, en consecuencia no hay resolución injusta, puesto que no hay perjudicados todavía. Pero en el fondo, con este pleito político solo se trata de saber si Franco realmente ha muerto, por eso hizo muy bien el juez Garzón en pedir antes que nada su certificado de defunción.

domingo, 11 de abril de 2010

¿Hay quien dé más?


JAVIER MARÍAS 11/04/2010

En estos días, no pocos portavoces católicos se preguntan con desgarro por qué se hace hincapié en los casos de pederastia protagonizados por curas, cuando esa práctica aberrante se da en todas las profesiones. El beato Prada, en un artículo de Abc particularmente farisaico, venía a decir, incluso, que en una sociedad enferma como la nuestra es natural que se contagien –pobrecillos– hasta algunos de los más virtuosos, una verdadera minoría en el conjunto de la población pecadora, haciendo caso omiso de que los sacerdotes siempre son una minoría en ese conjunto –y cada vez más–, y que el porcentaje de sus depravados resulta escandalosamente alto respecto a la totalidad del clero, que es como debe medirse y no respecto a la suma de los ciudadanos. (Y lo que ha salido a la luz lo ha hecho, además, contra presiones y omertà forzosa.) Sus palabras, como tantas otras veces, parecían dictadas por la Conferencia Episcopal, y en concreto por el Cardenal Cañizares, quien ha tenido el cinismo de armar que las noticias relativas a los abusos sexuales de menores perpetrados por religiosos no sólo no le preocupan en demasía, sino que son meros “ataques” que pretenden que “no se hable de Dios, sino de otras cosas”, como si hablar de cualquier asunto impidiera hacerlo de Dios (tal vez aspire a eso, a que nadie hable de nada … más que él y los suyos de Dios). El Secretario de Estado Vaticano ha declarado por su parte que “Hay personas que intentan desgastarnos”. Es de suponer que esas “personas” están encabezadas por los niños que, en silencio y temor, sufrieron manoseos y violaciones a cargo de sus custodios, y que, ya adultos y con menos pánico, se atreven ahora a levantar sus quejas. Pero quizá la reacción más taimada ha sido la del propio Papa, quien ha quitado importancia a esos abusos recurriendo a la cita evangélica “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, como si su Iglesia no llevase siglos tirando piedras contra todos los pecadores (según su criterio), aterrorizándolos con la amenaza del infierno, persiguiendo a disidentes y herejes, quemándolos de vez en cuando, forzándolos a abjurar de sus convicciones, expulsando a los que se desviaban del dogma, imponiendo a creyentes y a no creyentes su fe y su concepción de la moral, obligando a todos a cumplir con sus preceptos, dictando leyes a su conveniencia. ¿Por qué se hace hincapié en los delitos sexuales cometidos por eclesiásticos? Porque éstos llevan la vida entera haciendo hincapié en los “pecados” de los demás,y han condenado y castigado con dureza sus faltas y debilidades. Porque son ellos quienes en buena medida han decidido qué era delito y qué no. Porque ellos han reclamado secularmente –y en España siguen, hasta donde pueden– la exclusividad en la formación, enseñanza y adoctrinamiento de los niños. Porque a lo largo de la historia han dicho o exigido a los padres: “Entregadnos a vuestros vástagos, somos lo mejor para ellos”. Hasta quienes tuvimos la suerte de no ir a colegios religiosos en la clerical España de Franco sabemos que los tocamientos por parte de profesores con sotana estaban a la orden del día, y que legiones de críos los padecían sin poder rechistar. La imagen del cura vergonzantemente sobón o salido formaba parte del paisaje nacional (y supongo que en algunos internados la actitud ya no era vergonzante, sino indisimulada y aun descarada).

Los religiosos no podían ser denunciados ante la justicia y obraban impunemente, y, como se ha comprobado ya en Irlanda, Estados Unidos, Austria, Alemania, Italia (el fenómeno se repite acusatoriamente), sus superiores, por lo general intolerantes con la población, eran en cambio tan tolerantes con sus subordinados viciosos que nunca los castigaban ni exponían ante la sociedad: los encubrían y se limitaban a trasladarlos de lugar, para que en el nuevo prosiguieran o reiniciaran, libres de sospecha, sus carreras delictivas. ¿Es culpa del celibato? Puede ser, en parte. Pero si uno piensa en la mentalidad de un pederasta, es fácil imaginar que éstos optaran por adscribirse a la Iglesia en masa, por las enormes ventajas que les ofrecía: acercanza de los niños y permanente contacto con ellos; su obediencia asegurada y autoridad moral sobre sus creencias; lenidad o connivencia de la jerarquía; impunidad garantizada, como la tuvo el fundador de los Legionarios de Cristo, Maciel, durante décadas; certeza de que jamás irían a dar con sus huesos en la cárcel, por mucho que se propasaran con las criaturas. Esta institución ha sido, sin duda alguna, el ideal del pederasta vocacional: gozaba de patente de corso a su amparo y le ponía bien a tiro a sus víctimas. Visto lo visto, con& ar un hijo a los curas ha venido a ser como poner el gallinero al cuidado de una guardia infiltrada de zorros. No quiero decir que todos los sacerdotes sean sospechosos, en modo alguno. Pero es indudable que la Iglesia ha sido tradicionalmente no ya un magnífico refugio para los pederastas, sino el ámbito en que éstos han podido desenvolverse a sus anchas y sin peligro, y en el que sus posibles presas les eran servidas en bandeja o en patena. Cuando un eclesiástico comete abusos sexuales contra menores, claro que se hace hincapié en ello: porque ese acto encierra varias bajezas añadidas: abuso de confianza y de poder, manipulación de inocentes, aprovechamiento de posición dominante, doble rasero, hipocresía flagrante, profanación y prevaricación, corrupción y chantaje morales, amedrentamiento de la víctima cuando no su terror... En fin, ¿hay quién de más?

Trasplante

MANUEL VICENT 11/04/2010

La buena gente que espera en el hospital que le sea trasplantado un corazón, un riñón o un hígado piensa instintivamente que las vacaciones de semana santa o cualquier puente largo de un fin de semana constituyen un tiempo propicio para que los accidentes de coche dejen en las cunetas una buena cosecha de vísceras. En esta vida todo es dialéctico. "A ver si tenemos suerte en esta operación retorno", me dijo muy compungida la madre de un amigo que necesitaba el hígado de otro para seguir viviendo. Lo dijo con toda la inocencia, como un reflejo condicionado de amor a su hijo, sin pensar que su esperanza estaba supeditada a las lágrimas de otra familia. En el fondo si todos los cuerpos humanos son intercambiables se debe a que sus entrañas carecen de ideologías. Si un tipo del Partido Popular espera un trasplante, lo lógico es que lo acepte sin rechistar aunque el órgano venga de un socialista. Se supone que el posible rechazo será sólo inmunológico, no político. Un corazón de comunista puede trasplantarse a un fascista o al revés y seguir latiendo sin que la sangre que bombea al cerebro le fuerce a cambiar de pensamiento. El ego que uno considera personal e intransferible no reside en ningún lugar concreto del organismo. Sólo es un hálito de la propia memoria formado de sensaciones, ideas y creencias con un rostro que se reconoce en el espejo y si bien en algunos casos ese hálito constituye un ideal por el que los fanáticos están dispuestos a morir, a la hora de la verdad, en la UVI, un corazón, un riñón o un hígado se cotiza mucho más que cualquier ideología. La familia de mi amigo es muy devota, muy compasiva. El viernes santo ingresó a su hijo en el hospital a la espera de que Dios reprodujera en él tres días después el milagro de la resurrección. Todo apuntaba hacia un resultado feliz. Impulsados por una primavera rabiosa habían salido de vacaciones más millones de coches que nunca. Para esta familia la operación retorno tenía esta vez un significado especial. En efecto, en una curva de carretera se había producido el accidente mortal deseado, y aunque el hígado pertenecía a un crápula que se había dado contra un chopo a la salida de un prostíbulo de madrugada, gracias a esa muerte mi amigo había resucitado.

domingo, 4 de abril de 2010

Sexo turbio

MANUEL VICENT 04/04/2010

Para la Iglesia católica un clérigo pederasta, que corrompe a 20 monaguillos, sólo es un pecador, no un delincuente propiamente dicho. Si se descubre su vicio nefando, el jerarca superior preocupado por el escándalo que pueda causar entre los fieles su conducta desordenada, tratará en primer lugar de encubrirlo, luego lo llamará en secreto a consulta para rogarle con más o menos ahínco que pida confesión y si el caso ha sido muy sonado, le obligará a cambiar de parroquia. Por muy execrable que haya sido su pecado, si se arrepiente, quedará absuelto mediante una penitencia simbólica, como pueda ser un padrenuestro y tres avemarías. El clérigo pederasta será perdonado tantas veces como vuelva a echarse otro monaguillo al plato, siempre que repita el acto de contrición después de cada caída, puesto que la Iglesia tiene una ilimitada comprensión hacia la debilidad de la carne, sobre todo si la carne es la eclesiástica. En derecho canónico la pederastia no es un delito que haya de denunciar a la justicia ordinaria para que el clérigo responsable dé con sus huesos en la cárcel. Sólo habla de pecados que pueden llevarle al infierno y una vez en el infierno, échele un galgo. Por otra parte, ningún escándalo de sexo o de sangre ha podido con la Iglesia católica. A lo largo de su historia hubo papas incestuosos como Alejandro VI, quien en los casos en que no podía asesinar directamente a puñal, impartía con suma pericia el sacramento mortal del veneno; hubo inquisidores que convirtieron en teas humanas a grandes científicos y humanistas; hubo cardenales que castraron a los niños de la escolanía y los convirtieron en eunucos para mantener sus voces blancas. Todo lo que no mata, engorda. En el fondo este es el argumento que esgrimen los apologistas para demostrar el origen divino de la Iglesia, puesto que este cúmulo de crímenes, cismas y guerras de religión no ha podido con ella. Pero la jerarquía eclesiástica debe saber que hoy, antes de hablar de la fe, hay una cosa muy elemental que cumplir: en lugar de encubrir, absolver y mandar al clérigo corruptor de menores a un convento para que haga penitencia, su deber es entregarlo a la justicia ordinaria con el mismo celo con que lo hace con el ladrón que descerraja un sagrario y roba un copón.

domingo, 14 de marzo de 2010

Para vivir

VICENT 14/03/2010

Si uno deja de fumar no es para vivir más años, sino para vivir mejor ahora mismo y no tener que resollar como una foca al subir veinte peldaños. Si uno come en pequeña cantidad comida sana y no ingiere grasa animal, hamburguesas con carne de perro y gallinejas fritas con aceite de motor, no es para adelgazar o bajar la tripa, sino para respetar el propio cuerpo y no someterlo a la humillación de tener que digerir semejante basura. Si en lugar de apoltronarse ante el televisor para recibir indefenso su descarga diaria de estiércol, uno se mueve, camina una hora al día o se machaca en el gimnasio, no es para exhibir en la cama un pecho de lagarto o presumir de bolas ante las amigas en el bar, sino para sentirse flexible y no verse obligado a gemir una blasfemia al salir de taxi o al levantarse del sofá. Si se renuncia a habitar espacios cerrados que huelen a aliento fétido, y se inspira aire fresco y limpio hasta el fondo de los pulmones, esta actitud sólo tendrá sentido si además de purificar las células con oxígeno verde, uno busca que la naturaleza entre a formar parte del espíritu. No fumar, comer sano y hacer ejercicio, sirve para ofrecerse al placer de ahora mismo, puesto que la eternidad cabe entera en el día de hoy, sin esperar a mañana. Mientras uno vive de forma saludable sigue siendo inmortal. Los últimos años que te resten de tu paso por esta tierra, si te has convertido ya en un desecho humano, puedes regalárselos al sepulturero. Estas reglas sólo atañen al cuerpo, pero hay que acompañarlas de una sencilla disciplina espiritual si se pretende llegar más allá. El ambiente degradado por los insultos que se infieren mutuamente los políticos es mucho más venenoso que el óxido de carbono. Prohíbete respirar ese aire. Aléjate del pesimista que sólo busca amargarte el día, y usa tu nuca como basurero psíquico para depositar en ella su frustración. Nunca discutas con el creyente que lleva el fuego del infierno incluso en el mechero. Su fanatismo es peor que la carne de perro. Guárdate del que pretende darte lecciones con una verdad absoluta o con un bate béisbol. Son dos formas de partirte la cabeza. Y si un moralista con halitosis te señala con el dedo, huye y no te detengas hasta que veas que en el horizonte arden las palmeras.

domingo, 28 de febrero de 2010

El mando


MANUEL VICENT 28/02/2010

Con el mando a distancia en la mano, a modo de cetro, repantigado en el sofá frente al televisor, cualquiera puede sentirse un pequeño dios. La pantalla es el mundo. Hoy sólo existe lo que se refleja en ella. Por la pantalla desfilan los héroes del momento, desde el más noble al más idiota, pero a este pequeño dios repantigado, que todos llevamos dentro, le basta con apretar levemente la yema del dedo y en una décima de segundo se borrará del mundo la imagen del rey, la del político más encumbrado, la del divo más famoso, la del comentarista más insolente, la del patán más odioso, la del golfo más redomado. Esta potestad puede ejercerla el pequeño dios como un déspota, según cambie su ánimo cada hora del día. Si por un capricho así lo desea, con apretar otra vez la yema del dedo, comparecerá ante su presencia de nuevo en la pantalla el rey, el político, el líder de opinión, el presentador, el payaso, el resto de la carne de cañón, sólo por el placer de despreciarlos y volver a borrarlos del mundo. Este simulacro de poder psicológico, en el fondo, es un antídoto muy profundo contra la propia rebelión, lo último que se lleva en materia de opiáceos. Si se puede fulminar la imagen del rey con un dedo, ¿qué necesidad hay de llevarlo a la guillotina como a Luis XVI? Si el presidente del gobierno y el jefe de la oposición son tan débiles que se hallan a merced de mi mando a distancia, ¿por qué hay que creerlos, seguirlos y votarlos? Aparte de este poder omnímodo sobre la imagen que la tecnología ha regalado al pequeño dios repantigado, ahora la cultura digital interactiva le ha concedido otro privilegio aun más revolucionario. Estando sobrio o borracho, lo mismo si es inteligente o cretino, desde cualquier bar, iglesia o prostíbulo, con un mensaje a través del móvil, el pequeño dios puede emitir opiniones y comentarios absurdos, vomitar insultos procaces, chistes escatológicos o cualquier otro disparate y al instante este producto de sus vísceras aparecerá escrito en pantalla durante el programa y será leído por millones de telespectadores. En un solo segundo tendrá más lectores que Pascal, Voltaire y Nietzsche consiguieron juntos en varios siglos. Y todo esto mientras el pequeño dios se toma una ración de calamares.