Si uno deja de fumar no es para vivir más años, sino para vivir mejor ahora mismo y no tener que resollar como una foca al subir veinte peldaños. Si uno come en pequeña cantidad comida sana y no ingiere grasa animal, hamburguesas con carne de perro y gallinejas fritas con aceite de motor, no es para adelgazar o bajar la tripa, sino para respetar el propio cuerpo y no someterlo a la humillación de tener que digerir semejante basura. Si en lugar de apoltronarse ante el televisor para recibir indefenso su descarga diaria de estiércol, uno se mueve, camina una hora al día o se machaca en el gimnasio, no es para exhibir en la cama un pecho de lagarto o presumir de bolas ante las amigas en el bar, sino para sentirse flexible y no verse obligado a gemir una blasfemia al salir de taxi o al levantarse del sofá. Si se renuncia a habitar espacios cerrados que huelen a aliento fétido, y se inspira aire fresco y limpio hasta el fondo de los pulmones, esta actitud sólo tendrá sentido si además de purificar las células con oxígeno verde, uno busca que la naturaleza entre a formar parte del espíritu. No fumar, comer sano y hacer ejercicio, sirve para ofrecerse al placer de ahora mismo, puesto que la eternidad cabe entera en el día de hoy, sin esperar a mañana. Mientras uno vive de forma saludable sigue siendo inmortal. Los últimos años que te resten de tu paso por esta tierra, si te has convertido ya en un desecho humano, puedes regalárselos al sepulturero. Estas reglas sólo atañen al cuerpo, pero hay que acompañarlas de una sencilla disciplina espiritual si se pretende llegar más allá. El ambiente degradado por los insultos que se infieren mutuamente los políticos es mucho más venenoso que el óxido de carbono. Prohíbete respirar ese aire. Aléjate del pesimista que sólo busca amargarte el día, y usa tu nuca como basurero psíquico para depositar en ella su frustración. Nunca discutas con el creyente que lleva el fuego del infierno incluso en el mechero. Su fanatismo es peor que la carne de perro. Guárdate del que pretende darte lecciones con una verdad absoluta o con un bate béisbol. Son dos formas de partirte la cabeza. Y si un moralista con halitosis te señala con el dedo, huye y no te detengas hasta que veas que en el horizonte arden las palmeras.
domingo, 14 de marzo de 2010
domingo, 28 de febrero de 2010
El mando
MANUEL VICENT 28/02/2010
Con el mando a distancia en la mano, a modo de cetro, repantigado en el sofá frente al televisor, cualquiera puede sentirse un pequeño dios. La pantalla es el mundo. Hoy sólo existe lo que se refleja en ella. Por la pantalla desfilan los héroes del momento, desde el más noble al más idiota, pero a este pequeño dios repantigado, que todos llevamos dentro, le basta con apretar levemente la yema del dedo y en una décima de segundo se borrará del mundo la imagen del rey, la del político más encumbrado, la del divo más famoso, la del comentarista más insolente, la del patán más odioso, la del golfo más redomado. Esta potestad puede ejercerla el pequeño dios como un déspota, según cambie su ánimo cada hora del día. Si por un capricho así lo desea, con apretar otra vez la yema del dedo, comparecerá ante su presencia de nuevo en la pantalla el rey, el político, el líder de opinión, el presentador, el payaso, el resto de la carne de cañón, sólo por el placer de despreciarlos y volver a borrarlos del mundo. Este simulacro de poder psicológico, en el fondo, es un antídoto muy profundo contra la propia rebelión, lo último que se lleva en materia de opiáceos. Si se puede fulminar la imagen del rey con un dedo, ¿qué necesidad hay de llevarlo a la guillotina como a Luis XVI? Si el presidente del gobierno y el jefe de la oposición son tan débiles que se hallan a merced de mi mando a distancia, ¿por qué hay que creerlos, seguirlos y votarlos? Aparte de este poder omnímodo sobre la imagen que la tecnología ha regalado al pequeño dios repantigado, ahora la cultura digital interactiva le ha concedido otro privilegio aun más revolucionario. Estando sobrio o borracho, lo mismo si es inteligente o cretino, desde cualquier bar, iglesia o prostíbulo, con un mensaje a través del móvil, el pequeño dios puede emitir opiniones y comentarios absurdos, vomitar insultos procaces, chistes escatológicos o cualquier otro disparate y al instante este producto de sus vísceras aparecerá escrito en pantalla durante el programa y será leído por millones de telespectadores. En un solo segundo tendrá más lectores que Pascal, Voltaire y Nietzsche consiguieron juntos en varios siglos. Y todo esto mientras el pequeño dios se toma una ración de calamares.
domingo, 3 de enero de 2010
El duelo
MANUEL VICENT 03/01/2010
El duelo entre el Barça y el Real Madrid va a ocupar este año 2010 el vacío que deja la mediocridad turbia de la política, nos puede salvar del sofocante agobio de las tertulias canallas de la televisión convertidas en un gallinero agresivo, donde siempre gana el idiota que más grita. A partir de ahora este combate a dos se convertirá en el único ejemplo de fortaleza, de rigor, de estética y de moral pública al alcance de cualquier espectador. Un pase de Iniesta, un remate de Cristiano Ronaldo, siete fintas seguidas de Messi, una parada de Casillas poseen un grado de excelencia imposible de hallar en la Universidad, en la Iglesia, en el Parlamento y en el periodismo. Los seguidores del Barça y del Real Madrid ceden parte de su yo a un colectivo en el que diluyen todos sus sueños. Para el Barça en el principio era el Verbo; para el Real Madrid en el principio era la Acción. El Barça juega persiguiendo un ideal de perfección; el Real Madrid, en cambio, sólo trata de aplastar al equipo contrario; uno se mira a si mismo en la propia sombra del césped; el otro sólo pone los ojos en el adversario. En el Barça el fin primordial consiste en gustarse y que el gol sea un producto de una elaboración virtuosa; en el Real Madrid el gol viene al final de una lucha heroica, pero no importa si el balón entra con un remate espectacular o con un rebote en la canilla. Del verbo y de la acción derivan el idealismo y el pragmatismo: dos formas de estar en el mundo, de enfrentarse al futuro, de soportar los golpes de la fortuna, de combatir al enemigo, de celebrar la victoria o de asumir la derrota. Más allá de la perfección sólo está la muerte, lo mismo en arte que en deporte, puesto que solo permite repetir la fórmula hasta el infinito. No es posible mejorar el fútbol que realizó el Barça en el partido contra el Manchester. A partir de ese momento estelar el equipo no ha hecho otra cosa que imitarse a si mismo. Al Barça solo le puede salvar del manierismo la emoción de la agonía, el gol en el último minuto; en cambio el Real Madrid puede llegar a la cima si convierte la agresividad y la incertidumbre en una maquinaria de alta precisión. Verbo o acción también son dos formas de matar. El Barça con veneno lento, el Real Madrid a puñal.
domingo, 20 de diciembre de 2009
Libres según
JAVIER MARÍAS 20/12/2009
Una de las actitudes que parece haber pasado a mejor vida en el mundo occidental, y desde luego en nuestro país, es la que engloba una serie de antiguas virtudes que, por lo visto, ya nadie considera tales. Llámenlas sobriedad, discreción, elegancia, austeridad, aversión a la histeria, al exceso y al pataleo, deseo de no importunar y de no crear más complicaciones de las existentes, de no dar la lata ni entorpecer las tareas de los demás. Llámenlas aguante, entereza, capacidad de encaje ante los reveses y los contratiempos, ganas de no desorbitar las cosas ni sacarlas de quicio, y por supuesto asunción de la propia responsabilidad. Todo eso, que era fundamental para la convivencia y para que cada cual realizara su trabajo con cierta eficacia y sin presiones inmerecidas, ha desaparecido de la faz de nuestras tierras. España, me temo, es el país que en mayor medida lo ha desterrado, de cuantos conozco, y sus ciudadanos se han convertido en los más exigentes, quejicas y despóticos, unos individuos (ya sé, hay excepciones) que creen tener derecho a todo y ningún deber; que, cuando cometen imprudencias a las que nadie los obliga, claman contra el Gobierno de turno si éste no se apresura a sacarles las castañas del fuego, espoleados por una caterva de periodistas, eminentemente televisivos, a los que nada gusta tanto como despotricar y exigir responsabilidades a quienes no las tienen.
No sé. Toda desgracia es lamentable, sentimos compasión por quienes las padecen, se las hayan buscado o no (ejem), y deseamos que logren salir de ellas. Pero, la verdad, yo no entiendo por qué el Estado -es decir, "los demás"- tiene o tenemos la culpa de que unos turistas naufraguen en aguas egipcias y no todos logren salvarse. Tampoco que sólo "los demás" la tengamos de que un atunero que faenaba fuera de la zona protegida haya sido capturado por piratas y sus tripulantes retenidos durante mes y medio. Ni que las familias de esos pescadores -que trabajan en el sector privado- se pongan de inmediato a "exigir" y "reclamar" cosas, algunas tan caprichosas como "una sala VIP" en el aeropuerto de Bilbao. Probablemente se la habrían brindado de todas formas para el encuentro con los secuestrados, pero, ¿de qué mentalidad proviene la idea de la "reclamación"? No hablemos de las nevadas de cada invierno: se anuncian, se desaconseja a los conductores que se echen a las carreteras. Éstos no hacen ni caso, luego se quedan atrapados durante horas, y quienes se la cargan son los meteorólogos, Protección Civil y el Gobierno, más o menos por no haber impedido la caída de copos desde el cielo. Si hay una riada y se inunda un pueblo, en seguida se ve a ciudadanos coléricos, azuzados por las televisiones, exclamando: "¿Dónde están las autoridades? Nos hemos quedado sin luz ni teléfono, y las tuberías están atascadas. ¿Cómo es posible que no se remedie todo al instante?" Pocos parecen capaces de razonar y decirse: "Hombre, con la tromba es normal que todo se haya ido al carajo. A ver si escampa y lo arreglan cuando puedan, buenamente".
Asimismo ha desaparecido, o menguado, el sentimiento de gratitud. Si yo perteneciera a alguno de los cuerpos que echan una mano a la gente en apuros (si fuera bombero, policía, militar o reparador de desperfectos), estaría desesperado al comprobar que casi nadie da las gracias por las duras tareas o rescates que llevan a cabo, sino que lo normal es que los afectados se solivianten porque uno no ha actuado con la suficiente rapidez o -lo que es más cómico y más trágico- no ha adivinado que se iba a producir un incendio, una inundación, un atraco, un secuestro, un atentado, y no los ha impedido. Y qué decir de los médicos y las enfermeras. Suelen ser personas admirables, que hacen lo indecible por salvar vidas y curar enfermedades. Y, cuando nada pueden, son seguramente los primeros en lamentarlo. Pues bien, cada vez es más frecuente que los pacientes y sus familiares, lejos de facilitarles su tarea y sentir agradecimiento hacia ellos, se pongan hechos unos basiliscos cuando se les anuncia que por desgracia no hay remedio. "¿Cómo que no?", gritan enfurecidos, y no es nada raro que peguen a la doctora o al enfermero. "Usted tiene que curar a mi padre de ciento dos años, y si no, es una inepta y se le va a caer el pelo, a usted y a la clínica entera". En cuanto a los maestros y profesores, que se encargan de la noble y paciente misión de desasnar a los asnos (todos lo somos inicialmente), no sólo no reciben a menudo la gratitud de los progenitores de asnos, sino que les llegan sólo sus quejas, su ira e incluso sus agresiones, porque en el fondo esos padres están a su vez deficientemente desasnados y les debe de molestar que sus vástagos se hagan más civilizados que ellos.
Nuestros Gobiernos suelen ser pusilánimes y no se atreven a poner freno a esta creciente creencia, por parte de la población, de que todo le es debido; aunque sea ella sola, por su cuenta y riesgo, la que se meta en un berenjenal o se exponga a una estafa, "los demás" estamos obligados a salvarla o a resarcirla. Todavía estoy esperando a que algún dirigente se plante y lance este sencillo y razonable mensaje: los ciudadanos son libres siempre, luego deben hacerse responsables de sus actos y decisiones.
Apriétense los cinturones
JUAN GOYTISOLO 20/12/2009
En una de las coplas más corrosivas del Cancionero de obras de burla provocantes a risaAposentamiento en Juvera, el anónimo autor satiriza la solemne visita a la península del Legado pontificio Rodrigo Borja -el futuro Papa Alejandro VI-, recibido con gran fausto en Alcalá por los Reyes Católicos gracias al cruel expolio al que fue sometida la población del lugar a fin de sufragar los gastos de la misma en provecho de un puñado de "sanguijuelas públicas", denominadas así por el primer editor moderno del Cancionero, Luis Usoz y Río. titulado el
Según verificamos hoy, el episodio no es agua pasada: a la luz de cuanto acaece estos días, reviste al contrario una insospechada actualidad.
Si los frutos espirituales de la carismática visita de Benedicto XVI a Valencia en julio de 2006 y de su recepción grandiosa a cargo de su Comunidad Autónoma no pueden medirse, los frutos materiales de los que se beneficiaron Teconsa, Special Events, Orange Market, Impact, la trama Gürtel y el amiguito del alma del presidente de aquélla, Francisco Camps, sí: de los 6,4 millones de euros del presupuesto, 3,1 fueron a parar directamente a sus bolsillos ad majorem Dei gloriam y de este selecto grupo de sus avispadas criaturas.
El Vicario de Cristo en la tierra, cuya aura milagrosa debía enardecer el fervor popular, vio potenciado su nimbo con un suministro "de equipamiento de pantallas de vídeo, sonido y megafonía" así como de "instalaciones eléctricas en alta, baja y media tensión", de "telecomunicación electrónica" y un largo etcétera.
Pero la acogida en olor de multitudes se transmutó en hedor tras la difusión por la prensa de la documentación requisada a los artífices y diseñadores del acto.
En una reciente estancia en España, el titular de un periódico madrileño atrajo mi atención: "La Iglesia: pecadores públicos". Por fin, me dije, los obispos han reaccionado frente a la paulatina berlusconización del país y condenan a los corruptos, a la polilla voraz de nuestra democracia. Pero al punto advertí que me equivocaba: los pecadores y herejes privados de la comunión son los diputados que hayan votado a favor de la nueva ley del aborto. Y a mi efímera desilusión se sumó la perplejidad: la defensa de los embriones humanos, ¿merece tan fulminante anatema por parte de quienes condenan en cambio el uso de preservativos ante la pandemia que diezma a la población del continente africano?
Una vez más, comprobé que la Iglesia católica se enquista en su senil intolerancia doctrinal, a contrapelo de la evolución científica de las sociedades modernas, mientras que se muestra acomodaticia en lo que respecta a los gobiernos y autoridades que la sostienen por putrefactos que sean.
Los Camps, Fabras, Encisos, Millets, Matas, etcétera no son pecadores públicos y pueden recibir la eucaristía cuantas veces les apetezca. Quienes aprueban una ley que preserva a los jóvenes de una maternidad indeseada y se esfuerzan en frenar los estragos del sida, no.
Para consuelo de estos últimos -si de verdad se sienten desconsolados- les aconsejo la lectura del poema aljamiado de Juan Zaragoza sobre el Santísimo Sacramento que divulgué en el número de julio de 2009 en El viejo topo.
La conclusión que se impone ante tan grave estrabismo es que el comportamiento indigno de quienes saquean a manos llenas el erario público no preocupa demasiado a una Iglesia que, a fin de cuentas, se lucra con ello como en tiempos del Aposentamiento en Juvera. La reiteración abrumadora de escándalos que salpican a la clase política acaba por aburrir al ciudadano de a pie que, curado ya de sustos, la da por supuesta.
Si, según apuntó en su día Umberto Eco, cuanto más improbable sea el contenido informativo de una noticia mayores serán la enjundia y novedad de su mensaje, hablar de presidentes autonómicos, funcionarios y próceres rapaces es pan cotidiano e insípido.
El notición sería al revés: Fulano lleva 20 años al frente de una administración o entidad públicas y no se ha embolsillado un centavo. Estoy convencido de que los periódicos y canales de televisión le consagrarían sus titulares y divulgarían en sus programas de mayor audiencia.
Las apariciones de Vírgenes, ángeles y santos, acompañadas antaño de milagros de toda índole, no acarreaban gasto económico alguno. Tan sólo después, edificado ya el templo que perpetuaba el lance, la masa de peregrinos que acudían a él en busca de la curación de sus cuerpos y de la salvación de sus almas generaba beneficios.
Mas los tiempos cambian y los actuales organizadores de visitas papales nos sorprenden un día como presuntos mártires amenazados de muerte violenta en una cuneta, a causa de su amor a la verdad y su honradez pública, y el siguiente al volante de un Ferrari descapotable: ¡prodigios de Dios, capaces de sacudir el alma de los incrédulos en nuestros días aciagos de "relativismo moral" y "dictadura laica"!
En vista de ello, habrá que tomar precauciones. Como se anuncie otra visita del Papa a España, ¡ojo al parche!: ¡apriétense los cinturones!
domingo, 13 de diciembre de 2009
Anatemas
MANUEL VICENT 13/12/2009
Existen dos clases de inquisidores: unos son flacos y ascéticos, otros son gordos y hedonistas, pero en ambos casos su mente se halla exenta de dudas y es más fácil extraerles una piedra de la vesícula que arrancarles del corazón un poco de piedad hacia la debilidad humana. El retrato de Giacomo Savonarola, que se conserva en el convento de San Marco de Florencia, muestra un rostro anguloso cuyo perfil de ave rapaz asoma por el capuchón de la cogolla con una palidez enfermiza; en cambio Tomás de Torquemada exhibe una imagen pletórica con los carrillos rellenos y una papada con tres olas carnales hacia el pecho, propia de alguien que ha gozado durante muchos años de los placeres del cochinillo asado con fuego de encina antes de mandar a la hoguera a un número considerable de herejes. Sea creyente o agnóstico, hoy usted también puede elegir entre un inquisidor ascético o un hedonista a la hora de ser condenado al fuego eterno. Pese a que el ser humano es una criatura atrapada por un oscuro terror ante el futuro, en realidad la gente nunca pierde la esperanza de pasarlo lo mejor posible en esta vida sin hacer daño a nadie, puesto que hay placeres del espíritu y de la carne por los que aun vale la pena estar en este mundo, pero frente al deseo común de evitarse problemas existen unos seres que se erigen a sí mismos en representantes del bien en la tierra y señalan con el dedo inexorable desde el altar o desde el televisor la ardua cuesta que deberás subir si no quieres caer en el infierno. Ejemplo de inquisidor ascético es la insigne figura del susurrante cardenal Rouco Varela, enteco, de voz oscura, con absoluto rigor escolástico, al que uno imagina alimentado sólo de acelgas y pescado hervido. En cambio, existe otro diseño de inquisidor pletórico, como monseñor Martínez Camino, capaz de lanzar un anatema con el rostro feliz del que acaba de comerse un codillo. Con un mondadientes todavía en la boca después de una sobremesa muy placentera podría hacerte saber que estás en pecado mortal y que te atengas a las consecuencias. A un inquisidor, clérigo o laico, intelectual o moralista, transido de acelgas o cebado con codillo, le mueve sólo el furor de las ideas, pero es la debilidad humana la que excita aun más su fanatismo.