domingo, 6 de septiembre de 2009

Liberarse de la dependencia hacia el otro

BORJA VILASECA 06/09/2009

Sufrimos por lo que no tenemos. Y por la idea de perder aquello que apreciamos. Pero ser felices consiste en estar a gusto con nosotros mismos. En llenar nuestro interior.

Los celos nacen del miedo a perder lo que se tiene. Destruyen el bienestar y la libertad. Aunque pueda parecer lo mismo, el apego es lo contrario del amor.

Los seres humanos sufrimos por querer lo que no tenemos. La persona que nos gusta, el trabajo soñado, más tiempo libre o un coche deportivo. Sin embargo, por el camino nos olvidamos de lo que verdaderamente necesitamos. Al obsesionarnos con el objeto de nuestro deseo, de forma inconsciente terminamos idealizándolo. Creer que cuando lo obtengamos nos dará la felicidad.

Al conseguir eso que tanto anhelamos, de pronto comenzamos a sufrir por miedo a perderlo, a que nos lo estropeen. Y este temor nos contamina con dosis diarias de ansiedad, atascándonos en un callejón sin salida: no podemos vivir felices con ello ni sin ello…

Devorador de bienestar

“Vivimos encadenados a lo que llamamos felicidad” (Anthony de Mello)

Detrás de nuestros deseos y miedos se esconde uno de los virus más letales que atenta contra la salud emocional: el apego. Según la Real Academia Española, significa “inclinación hacia alguien o algo”. Popularmente, también se considera sinónimo de “afecto”. Pero estas definiciones sólo ponen de manifiesto lo poco que conocemos a este gran devorador de nuestra paz interior.

Hay quien dice que el apego es “sano”, una muestra de “amor”. Otros afirman que “cuanto más apego se tiene, más se ama”. Nada más lejos de la realidad.

Y entonces, ¿qué es el apego? Podría definirse como “el egocéntrico afán de controlar aquello que queremos que sea nuestro y de nadie más”. Implica “creer que lo que nos pertenece es imprescindible para nuestra felicidad”. Sin embargo, más que unirnos, el apego nos separa de lo que estamos apegados, mermando nuestro bienestar y nuestra libertad.

Los celos no son amor

“El amor es una palabra maltratada y pisoteada por la sociedad” (Jiddu Krishnamurti)

“Sin ti no soy nada”. “Lo mejor de mí eres tú”. “Necesito saber que me deseas”. “No puedo pasar un día sin saber de ti”. “Por ti sería capaz de matar”. Estas frases, por muy románticas que puedan sonar, suelen pronunciarse en el seno de una pareja envenenada por el apego.

Al creer que nuestra felicidad depende de la persona que queremos, destruimos cualquier posibilidad de amarla. Bajo el embrujo de esta falsa creencia, nace en nuestro interior la obsesión de garantizar que esté siempre a nuestro lado. Y el miedo a perderla nos lleva a tomar actitudes defensivas. Es entonces cuando aparecen los celos. Etimológicamente, esta palabra proviene del griego zelos, que significa “recelo que se siente de que algo nos sea arrebatado”. Revelan que vemos a nuestra pareja como algo que nos pertenece.

Intentamos cambiarla y ponerle límites. Y así el conflicto está garantizado, manchando nuestra relación de tensiones. Curiosamente, el mismo apego que nos ha separado, a veces nos mantiene enganchados por temor a quedarnos solos, a lo que digan los demás.

La prisión del materialismo

“Lo que posees acabará poseyéndote” (Chuck Palahniuk)

Más allá de dañar nuestras relaciones, el apego también pervierte lo que nos interesa a nivel profesional. Está presente en nuestro afán de éxito. Movidos por el deseo de ser reconocidos, podemos medir nuestro valor como personas en función de los resultados que obtenemos.

A veces nos obsesionamos tanto por la meta, que nos olvidamos de disfrutar el camino que nos conduce hasta ella. Y no sólo eso. La ambición puede terminar corrompiendo aquello que un día amábamos hacer, condicionando nuestras motivaciones y forma de trabajar. Según un proverbio oriental, “cuando un arquero dispara una flecha por puro placer, mantiene toda su habilidad. Cuando dispara esperando ganar una hebilla de bronce, ya se pone algo nervioso. Pero cuando dispara para ganar la medalla de oro, se vuelve loco pensando en el premio y pierde la mitad de su habilidad, pues no ve un blanco, sino dos”.

Buscamos fuera lo que no encontramos dentro. Consumimos compulsivamente. Sin embargo, ¿cuánto dura nuestra satisfacción? Si somos honestos con nosotros mismos, tal vez descubramos el verdadero precio que pagamos por buscar en el lugar equivocado. En palabras de Buda, “lo que más me sorprende son los hombres que pierden la salud para juntar dinero y luego pierden el dinero para recuperar la salud”.

La seguridad es una ilusión

“Quien tiene miedo sin peligro inventa el peligro para justificar su miedo” (Alain)

La mayoría de nosotros siente un profundo temor a la muerte. La negamos. Aunque mueran cada día miles de personas, nos da pánico que de pronto llegue nuestro turno y desaparecer sin más.

Convertimos desesperadamente nuestra existencia en algo seguro. Nos “esposamos” a través del matrimonio. Firmamos un contrato indefinido con una empresa. Solicitamos al banco una hipoteca para comprar un piso. Y, más tarde, un plan de pensiones para estar tranquilos cuando llegue la jubilación. Seguimos lo que nos dice el sistema que hagamos para llevar una vida “normal”.

Pero por más que nos esforcemos, no calmamos nuestra inquietud interna. ¿Qué sentido tiene buscar certezas en un mundo imprevisible? La única seguridad que tenemos es que la incertidumbre sólo desaparece con nuestra muerte. No podemos escapar de la inseguridad. El reto consiste en aceptarla y confiar más en nosotros mismos.

La inutilidad del afecto

“Tú eres lo único que falta en tu vida” (Osho)

Llegados a este punto, ¿es posible vivir sin apegos? Por supuesto, pero es una hazaña que requiere comprender que lo que necesitamos para ser felices está dentro de nosotros, y no fuera. “Ser felices” quiere decir que “estamos a gusto, cómodos y en paz con nosotros mismos. Cuando sentimos que no nos falta de nada”. La trampa consiste en creer que algo vinculado con el futuro nos dará lo que no nos estamos dando aquí y ahora.

Mediante el equilibrio interno podemos cultivar el desapego en nuestra relación con todo lo demás. Compartir lo que somos, agradecidos de recibir lo que otras personas y la vida nos quieran dar. Nada ni nadie nos pertenece. Tan sólo gozamos del privilegio de disfrutarlo temporalmente. Más que nada, porque todo está en permanente cambio.

Así lo refleja una historia sobre Alejandro Magno. Se cuenta que encontrándose al borde de la muerte, el gran rey de Macedonia convocó a sus generales para comunicarles que quería que su ataúd fuese llevado a hombros, transportado por los propios médicos de la época. También les pidió que los tesoros que había conquistado fueran esparcidos por el camino hasta su tumba. Por último, les insistió en que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd, a la vista de todos. Asombrado, uno de sus generales quiso saber qué razones había detrás de tan insólitas peticiones. Y Alejandro Magno le respondió: “Primero, quiero que los más eminentes médicos comprendan que, ante la muerte, no tienen el poder de curar. Segundo, quiero que todo el pueblo sepa que los bienes materiales conquistados, aquí permanecerán. Y tercero, quiero que todo el mundo vea que venimos con las manos vacías y que con las manos vacías nos marchamos”.

La trampa del deseo

Para no caer en las garras del apego es importante hacernos más conscientes de qué deseamos y por qué. Porque nos desconecta de lo único a nuestro alcance: vivir conectados con nuestro bienestar interno. Cuenta una parábola sufí que “un pescador encontró entre sus redes una botella de cobre con un tapón de plomo. Al abrirla, apareció un genio que le concedió tres deseos. El pescador le pidió en primer lugar que le convirtiera en sabio para poder hacer una elección perfecta de los otros dos deseos. Una vez cumplida esta petición, el pescador reflexionó y dio las gracias al genio diciéndole que no tenía más deseos”.

Para cultivar el desapego

1. Libro

‘Un nuevo mundo ahora’, de Eckhart Tolle (Debolsillo). Un ‘best-seller’ que desenmascara las motivaciones egoístas y egocéntricas que hay detrás del deseo, el miedo y la dependencia.

2. Película

El balón


MANUEL VICENT 06/09/2009

Mientras en un descampado del arrabal unos chavales dan patadas a una pelota de trapo, en una plaza vecina bajo los árboles bien cuidados un niño rico recién peinado sale con un balón de reglamento bajo el brazo seguido de unos amigos de su clase. En este caso, siempre se cumple el mismo rito. El dueño del balón decide jugar de portero o de delantero centro, un antojo que nadie discute, y al propio tiempo impone las reglas y se convierte también en árbitro. Los niños del arrabal se acercan a la plaza al oír los gritos y llenos de envidia o de admiración desde la acera contemplan el juego de aquellos privilegiados que juegan al fútbol con un balón de cuero de la mejor marca. A veces el amo de la pelota se siente generoso y permite que el grupo de desarrapados del arrabal participe en el juego y unos y otros comienzan a darse patadas y todo va bien hasta que llega el momento en que si los invitados meten muchos goles y todo indica que van a ganar, el niño rico detiene el juego, coge el balón y se va a casa con sus amigos. Desde siempre en la política española la derecha se ha creído dueña del balón de reglamento. El balón es propiamente el Estado. Cuando el Partido Popular, al sentirse perdido, carga con todo desparpajo contra los jueces, fiscales, policías, tribunales, funcionarios y altas instituciones, se comporta como aquel niño rico en los partidos de fútbol de barrio. Durante la etapa de Felipe González, con el pretexto de la corrupción y de los crímenes del GAL, la derecha no dudó en darle una patada a la caja de Pandora donde se asientan los fundamentos del poder y se guardan los secretos de Estado, sin importarle que se liberaran todas sus serpientes. Y ahora que se ve atrapado por la corrupción de algunos de sus políticos tampoco se detiene a la hora de desacreditar a las instituciones más sagradas y acusa al gobierno socialista de espionaje, complot, conspiración como lo hizo también tras el atentado de Atocha del 11 de marzo. La izquierda española deberá saber que sólo será admitida en el juego si conserva intacto el complejo de okupa, se comporta como invitada o a lo sumo como arrendataria y respeta las reglas del amo, puesto que la derecha se siente por naturaleza la dueña de la cancha, del balón y del árbitro.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Ojo con la desobediencia a Yavé...

En el Levítico, capítulo 26, Jehová enumera los castigos para los que desobedezcan sus normas. Son muy propios de este dios furibundo y algunos son geniales. Ahí van:

Castigo por la desobediencia


14 "Pero si no me escucháis y no ponéis por obra todos estos mandamientos, 15 y si rechazáis mis estatutos y vuestra alma menosprecia mis decretos, no poniendo por obra todos mis mandamientos e invalidando mi pacto, 16 entonces yo también haré con vosotros esto: Decretaré contra vosotros terror, tisis y fiebre que consuman los ojos y dejen exhausta el alma. Sembraréis en vano vuestra semilla, porque vuestros enemigos se la comerán.

17 "Yo pondré mi rostro contra vosotros, y seréis derrotados ante vuestros enemigos. Los que os aborrecen se enseñorearán de vosotros, y huiréis sin que nadie os persiga. 18 Si aun con estas cosas no me obedecéis, volveré a castigaros siete veces más por vuestros pecados.

19 "Quebrantaré la soberbia de vuestro poderío y haré que vuestro cielo sea como hierro y que vuestra tierra sea como bronce. 20 Vuestra fuerza se agotará en vano; pues vuestra tierra no dará su producto, ni el árbol de la tierra dará su fruto. 21 Y si continuáis siéndome hostiles y no me queréis obedecer, yo aumentaré la plaga sobre vosotros siete veces más, según vuestros pecados.

22 "Enviaré contra vosotros animales del campo que os privarán de vuestros hijos, destruirán vuestro ganado, y os reducirán en número, de tal manera que vuestros caminos queden desiertos. 23 Si con estas cosas no os corregís ante mí, sino que continuáis siéndome hostiles, 24 yo mismo procederé también contra vosotros con hostilidad y os azotaré siete veces más por vuestros pecados.

25 "Traeré sobre vosotros la espada vengadora, en vindicación del pacto. Y si os refugiáis en vuestras ciudades, yo enviaré la peste entre vosotros, y seréis entregados en mano del enemigo. 26 Cuando yo os corte el sustento de pan, diez mujeres cocerán vuestro pan en un solo horno, y os darán el pan tan racionado que comeréis pero no os saciaréis. 27 Si a pesar de esto no me obedecéis, sino que continuáis siéndome hostiles, 28 procederé contra vosotros con ira hostil y os castigaré siete veces más por vuestros pecados.

29 "Comeréis la carne de vuestros hijos; también la carne de vuestras hijas comeréis. 30 Destruiré vuestros lugares altos, derribaré vuestros altares donde ofrecéis incienso, amontonaré vuestros cuerpos inertes sobre los cuerpos inertes de vuestros ídolos, y mi alma os abominará. 31 Convertiré vuestras ciudades en ruinas, dejaré asolados vuestros santuarios y no aceptaré el grato olor de vuestro incienso. 32 También asolaré la tierra, de manera que se asombrarán de ella vuestros enemigos que la habiten.

33 "A vosotros os esparciré entre las naciones. Desenvainaré la espada en pos de vosotros, y vuestra tierra será asolada y vuestras ciudades convertidas en ruinas. 34 Entonces la tierra disfrutará de su reposo durante todos los días de su desolación, mientras vosotros estéis en la tierra de vuestros enemigos. ¡Entonces la tierra descansará y disfrutará de su reposo! 35 Todo el tiempo que esté asolada disfrutará del reposo que no disfrutó mientras vosotros disfrutabais de vuestro reposo cuando habitabais en ella.

36 "En los corazones de los que queden de vosotros, infundiré tal cobardía en la tierra de sus enemigos que el ruido de una hoja sacudida los ahuyentará. Y huirán como quien huye de la espada y caerán sin que nadie los persiga. 37 Tropezarán los unos con los otros, como si huyeran de la espada, aunque nadie los persiga. No podréis resistir ante vuestros enemigos. 38 Pereceréis entre las naciones, y la tierra de vuestros enemigos os consumirá. 39 Los que queden de vosotros se pudrirán a causa de su iniquidad, en la tierra de vuestros enemigos. También a causa de la iniquidad de sus padres, se pudrirán juntamente con ellos.

40 "Si ellos confiesan su iniquidad y la iniquidad de sus padres, por la infidelidad que cometieron contra mí, y también por la hostilidad con que me han resistido 41 (pues yo también habré actuado con hostilidad contra ellos y los habré metido en la tierra de sus enemigos); si entonces se doblega su corazón incircunciso y reconocen su pecado, 42 yo me acordaré de mi pacto con Jacob, y me acordaré de mi pacto con Isaac y de mi pacto con Abraham; y me acordaré de la tierra. 43 Pero la tierra quedará abandonada por ellos y disfrutará su reposo estando desolada en ausencia de ellos. Mientras tanto, ellos serán sometidos al castigo de sus iniquidades, porque menospreciaron mis decretos y porque su alma detestó mis estatutos.

44 "Aun con todo esto, estando ellos en la tierra de sus enemigos, yo no los rechazaré ni los detestaré hasta consumirlos, invalidando mi pacto con ellos; porque yo, Jehovah, soy su Dios. 45 Pero a favor de ellos me acordaré del pacto con sus antepasados, a quienes saqué de la tierra de Egipto a la vista de las naciones, para ser su Dios. Yo, Jehovah."

46 Estas son las leyes, los decretos y las instrucciones que Jehovah estableció entre él y los hijos de Israel en el monte Sinaí, por medio de Moisés.


Confieso que eso de comerse la carne de los hijos y las hijas, así como lo de destruir "los lugares altos", es algo que acongoja...

viernes, 7 de agosto de 2009

domingo, 12 de julio de 2009

Brindis

MANUEL VICENT 12/07/2009

Alguna gente madura, tal vez la más lúcida, suele pensar con acierto que lo mejor que tiene la juventud es que ya pasó. Fue una época breve y radiante, romántica y vigorosa, pero también llena de luchas, temores, dudas, celos y rivalidad. Alrededor de los 50 años, en cualquier biografía llega un momento en que el caballo de fuego que uno llevaba dentro comienza a perder la ansiedad en el galope y aun sin abandonar la curiosidad ante la vida siente que hay que tomarse las cosas con más calma. A qué viene tanta prisa, se dice a sí mismo una mañana. De pronto uno se da cuenta de que no tiene que correr detrás del autobús ni necesita presentarse ya a ningún examen ni le inquietan las modas ni se ve obligado a cambiar de costumbres y cada día le importa menos lo que piensen de él los demás. No ha dimitido de ninguna idea ni ha cambiado de bando. Le siguen cabreando los mismos políticos, las mismas injusticias, los mismos fanáticos, los mismos idiotas, pero no está dispuesto a que ninguno de ellos le estropee una buena digestión. Si uno es viejo lo peor es comportarse como un joven. Cada edad tiene su baraja con placeres que pueden ser tan intensos como uno quiera, si sabe jugar las cartas. Peor que querer ser joven a toda costa es tener ya ideas de carcamal con apenas 30 años. Gente joven envejecida la vemos y oímos todos los días en las tertulias de la radio y de la televisión. Del primer caso lo salva a uno el sentido del ridículo; en el segundo no hay cura posible porque es cuestión de carencia de minerales. El hecho de que uno con el tiempo alcance cierta serenidad y contemple las cosas con una sabia perspectiva no impide blasfemar si llega el caso. Marco Aurelio debe darle la mano a Epicuro y la resignación no tiene por qué dejar de ser creativa. Lo que ibas a ser de mayor ya lo eres y lo que no ibas a ser ya no lo fuiste. Adiós a la juventud. Se acabaron las luchas, los nervios y las dudas por la identidad. Para una persona madura hoy es el futuro que tanto temía. Ya ves, no ha pasado nada. No ha caído la bomba atómica, has salido bien de una grave enfermedad, al final la crisis económica se ha superado y tus hijos son más altos y más listos. Encima el sol sale todas las mañanas y tú estás vivo. Hay que brindar.

sábado, 11 de julio de 2009

Democracias perplejas

La elevada abstención en las últimas citas electorales es una crítica rotunda a la manera actual de hacer política. Los valores públicos están en quiebra y no hay grandes diferencias en los programas de los partidos

JOSÉ VIDAL-BENEYTO 11/07/2009

Vivimos bajo el signo de la perplejidad. El imperio de la corrupción, el descrédito unánime de las instituciones, el nepotismo desbordado y sus prácticas, el oprobio inagotable en que ha devenido la política han llevado a la quiebra de todos los valores públicos, a la implosión de todas las referencias colectivas y nos han dejado sumidos en la confusión, átonos e inermes, sin pautas ni asideros a los que agarrarnos. Perplejidad que afecta a todos los ámbitos, incluyendo los más glorificados e intocables como la democracia. Causas de ello, múltiples; veamos algunas.

A partir de los años setenta se confirma el enclaustramiento de lo público en los partidos y su tendencia a la endogamia y al sectarismo partitocrático. Al mismo tiempo, su acción se reduce a las luchas por el poder y con demasiada frecuencia al enriquecimiento de sus líderes. Cabildeos y corruptelas en las alturas y cinismo en la base se convierten en datos de la más concreta cotidianeidad política. Era inevitable que los ciudadanos que no militaban en los partidos, la inmensa mayoría, se desinteresasen por los avatares de sus pugnas y que buen número de ellos rechazasen sus modos y ejercicio. Este rechazo que ha asumido modalidades diversas, unido a la perplejidad a que me estoy refiriendo, tiene en la reiterada abstención electoral a la que se asiste en todos los comicios, su expresión más patente. Y así, sería un error considerar el abultado porcentaje de abstenciones de las últimas elecciones como una impugnación específica al proyecto europeo, cuando todo apunta a una desafección de las propuestas presentadas y, con carácter más general, de la práctica electoral como expresión privilegiada, sino única de las democracias.

En efecto, la descalificación de las elecciones es antes que nada una crítica de la política democrática actual y de su falta de opciones claras, consecuencia de la atenuación de los perfiles diferenciales de los grandes partidos, que los hace, programáticamente, cada vez más próximos. El trasvase casi unánime de la socialdemocracia al social-liberalismo o el implacable desmantelamiento del sector público, al que procedieron, con tanta eficacia, Blair en el Reino Unido y Felipe González en España, sin olvidar el caballo de Troya del atlantismo británico liberal, que bajo el manto laborista instigó la nefasta reunión de las Azores, responsable de tan dramáticas iniciativas como la guerra de Irak, son los principales responsables de la deserción de la izquierda europea. Pues de otro modo es incomprensible que, en plena crisis económica y con la absoluta debacle de los principios y de la práctica del liberalismo que conllevaba, se ignorase o se rechazase el patrimonio que representaban los ideales y los programas socialistas y socialdemócratas, cuando eran el único arsenal conceptual y propositivo que podía sacarnos del atolladero.

El comportamiento de la derecha ha sido mucho más diestro y pugnaz. Sin abandonar la doctrina y la práctica liberal, sino al contrario revindicando su plasticidad adaptativa, ha incorporado, sin rubor ni recato, los elementos de la oferta socialdemócrata que le han parecido más compatibles con su ideario a la par que más sugestivos para los electores. Paralelamente, ha alentado, por detrás de la cortina, a sus tropas ultra que han reactivado en Europa, de manera notable, la presencia de la extrema derecha, más o menos fascista según los casos. Por lo demás, el incesante trasiego de la clase política, de un bando a otro, por iniciativa propia o respondiendo a incitaciones del poder, de las que el presidente Sarkozy es el ejemplo más cumplido, han creado una retribuida circulación que nada tiene que envidiar a la de los futbolistas profesionales, y que alienta la confusión y perfecciona la perplejidad.

El modelo neoliberal responsable del desastre no sirve ya, pero el social democrático, generalizado por Keynes hace 70 años, ha dejado también de ser útil. La razón fundamental es la inadaptación del keynesianismo, que sigue siendo hoy la espina dorsal de la socialdemocracia, a la sociedad actual y más concretamente su imposible y postulada función alternativa al capitalismo contemporáneo. Decir Keynes es invocar la regulación como piedra angular del edificio socialdemocrático, pero su posible y necesaria implantación es ahora, con la economía-mundo, absolutamente inoperativa en la perspectiva nacional e impracticable en la mundial. Por lo que no cabe ni siquiera pensar en una eficaz regulación general. Las grandes instituciones económicas -OMC, FMI, Banco Mundial, FAO, OIT, OMS, AIE, G-20, la futura Organización Mundial del Medio Ambiente- carecen de verdadera capacidad reguladora susceptible de organizar flujos e intercambios y se limitan a marcar pautas de alcance, en la mayoría de los casos, estrictamente retórico.

Olivier Ferrand, agudo analista francés y presidente del think-tank progresista Terra Nova, insiste en que la dimensión reparadora que caracteriza las intervenciones socialistas se queda hoy siempre corta, por la extraordinaria onda expansiva de las crisis que comienzan siendo sectoriales y relativamente modestas y acaban siendo amplísimas y generales. Las subprimes que se inician en EE UU en el mercado financiero inmobiliario, con poco más de 1.000 millardos de dólares y se extienden en pocas semanas a Europa y a los países en desarrollo, sobrepasando los 30.000 millardos, son un buen ejemplo, como lo son también, las rupturas ecológicas con el desmontaje de la biosfera, las sanitarias con la multiplicación de pandemias, las sociales con la radicalización del hambre y las desigualdades. El mito liberal del mercado, que se autorregula sólo, tiene hoy tan poco fundamento observa Olivier Ferrand, como el Estado Bombero que apaga los incendios, cura los males y repara los destrozos, pues no tiene medios para ello. Hoy no es posible curar, sólo prevenir, y además mediante una intervención muy antecedente y de perspectiva mundial.

Escribo mundial huyendo de la manipulación semántica a que nos han sometido los promotores del término y de la ideología de la "globalización", que hereda y culmina los escapismos economicistas que comenzaron en 1949 con la consagración de la expresión y de la doctrina del subdesarrollo, que Truman populariza el 20 de enero de dicho año en el discurso de investidura de su segundo mandato. Con ese término se designaron, a partir de entonces, los países que no alcanzaban el nivel económico y técnico de los países occidentales, medidos con los solos baremos e instrumentos de la contabilidad económica capitalista, en la que el producto nacional bruto por habitante y la acumulación financiera son los criterios fundamentales. Estas pautas que tanto deben a las determinaciones ideológicas y a los supuestos básicos del capitalismo convencional ignoran la dimensión cualitativa de todos los procesos y condenan a la inexistencia a lo más específico de las culturas nacionales y de las tradiciones autóctonas. Gracias a Gilbert Rist en El desarrollo. Historia de una creencia occidental y sobre todo a Amartya Sen y a su Índice de desarrollo humano comienza a aparecer un movimiento de resistencia, en el que la educación, la esperanza de vida, el bienestar social y todas las otras variables del progreso humano tienen el mismo peso que el PIB por habitante. La lucha por la contrahegemonía que es nuestro objetivo permanente debe comenzar por ahí, olvidando un poco las luchas de poder de los partidos, e insistiendo cada vez más en que el problema no es a quien votar, sino para qué votar, lo que exige enraizarse en la ciudadanía. Ya que frente al descrédito de la política y al encogimiento de los políticos, el movimiento social y los actores sociales y societarios de base están cobrando un protagonismo principal. La película Good morning England nos muestra la extraordinaria capacidad de transformación que esos sectores primarios, a caballo de las radios libres y de la música rock, operaron en la década de los sesenta en una sociedad tan encorsetada como la británica, liberando fuerzas y procediendo a una impresionante movilización de las energías de la gente. La izquierda, más allá de la conquista y gestión del poder político, debe revindicar esa acción directamente popular como la vía más segura para sacar a las democracias de su atonía y perplejidad, logrando promover el progreso de los pueblos.

lunes, 6 de julio de 2009

Bajarse del limbo: autocrítica postelectoral

Gregorio Peces-Barba 06/07/2009

Después de perder las elecciones europeas ante el PP, con una diferencia apreciable de votos populares y con dos parlamentarios menos, parece prudente que los socialistas realicemos un ejercicio de autocrítica, lúcido, profundo y responsable. Sería absurdo cerrar los ojos y buscar justificaciones optimistas, como el Cándido de Voltaire, pensando que seguimos estando en el mejor de los mundos posibles.

Es evidente que no se puede culpar a los candidatos que encabezaban nuestra propuesta, Juan Fernando López Aguilar y Ramón Jáuregui. Son personas representativas de nuestra ideología, competentes y desde hace años entregados al desarrollo y la lucha por el socialismo. Otros candidatos como Carmen Romero, Miguel Ángel Martínez, Magdalena Álvarez, Guerrero, Sánchez Presedo, Luis Yáñez son igualmente estimables y representativos de los valores del socialismo y de la historia de nuestro partido. Quizás el único pero que se podía poner a sus destinos es que algunos podrían haber seguido prestando su esfuerzo a la política nacional en puestos representativos con mayor experiencia que algunos o algunas jóvenes que les han sustituido. A veces, como en el caso de Ramón Jáuregui, puede parecer que se le envía a un exilio dorado retirándole del núcleo político por excelencia que es el Congreso de los Diputados. La sola sospecha de que se trata de alejar a posibles excelentes sustitutos produce irritación y disgusto.

Tampoco creo que la razón de la derrota que se presenta como la más habitual, la crisis económica y su gestión por el Gobierno, sea tan relevante. A mi juicio, las medidas que ha tomado el Gobierno parecen sensatas y adecuadas. Supongo que algo habrá repercutido la magnitud de la crisis, como en otros países de Europa, pero en ningún caso me parece la razón nuclear que explique por sí sola la derrota. Lo demuestran que otros Gobiernos y partidos en el Gobierno han tenido mejores resultados.

Por el contrario, han sido medidas aparentemente alejadas del tema que nos ocupa las que, sin embargo, han desorientado a nuestro electorado más fiel, más sensato y más moderado.

Es verdad que ha faltado grandeza y que la campaña ha discurrido por cauces poco ilustrados, crispados y desmedidos. No hemos sabido elevarnos a dimensiones vinculadas con el espíritu y la historia de Europa, ni con los valores de nuestra cultura común. Tampoco hemos sabido desprendernos de miserias interiores, de prejuicios, ni de críticas fáciles a la corrupción. Finalmente, no hemos sabido explicar a nuestros conciudadanos todos los aspectos institucionales, competenciales y procedimentales que nos vinculan y nosobligan con Europa. No hemos despertado su interés, ni abierto expectativas suficientes sobre la importancia de Europa, para España y para cada uno de nosotros. Pareció que nos referíamos a algo ajeno y sin interés, vacío para nuestro esfuerzo y nuestra participación.

Es otra ocasión malograda para integrarnos en la Europa de los 27 y para animar al hombre en el impulso de una verdadera comunidad de naciones, base imprescindible para situar a ese nivel la sociedad política que nos debe dar un protagonismo mundial.

Quizás han podido repercutir más algunas ocurrencias, con excesos, exageraciones y posturas aún minoritarias a la mayoría de la sociedad española. Me refiero, por ejemplo, al anteproyecto de Ley Orgánica de Salud Sexual e Interrupción Voluntaria del Embarazo y a determinadas manifestaciones y tomas de postura que se han producido con ocasión de la misma.

La resistencia a informar a los padres, en las mujeres de entre 16 y 18 años, para decidir libremente si desean interrumpir su embarazo, es una norma antipática que se podría mantener, sin tanta rigidez, exigiendo una información a los padres, para que éstos puedan opinar, dejando claro que en última instancia es la mujer quien debe decidir. Hay mucha resistencia a esa medida en la sociedad y la gente intuye que es otra forma de disminuir el valor de la familia. No es buena la rigidez, ni colocar a padres en situaciones difíciles. En este caso la opinión pública no nos sigue y somos rehenes de sectores minoritarios, feministas muy radicales y gente a la izquierda del PSOE.

Legislar exige moderación, sentido común, no separarse de las creencias mayoritarias, intuir cuáles son las corrientes que impulsan y representan la oposición pública, es saber interpretar lo que más conviene en cada momento.

Por otra parte, esa intransigencia a la hora de rechazar el conocimiento por los padres de las intenciones de la hija menor de edad sobre la interrupción del embarazo, me parece contradictorio con el resto del anteproyecto, lleno de sentido común y con decisiones sensatas y meditadas, y con la excesiva prudencia, casi inamovilidad, con que son tratadas otras relaciones con la Iglesia Católica. En efecto, parece poco justificado que existen signos religiosos católicos en instituciones públicas y una enseñanza de la religión católica en escuelas públicas, con doble horario respecto a la Educación para la Ciudadanía.

En esos casos, y en otros similares, cualquier privilegio de la Iglesia, es un paso atrás, en la profundización de la democracia. En esto es muy poco lo que se necesita, mientras que prescindir de la familia en menores de 16 años es mucho más que lo que se necesita.

También se evidencia una falta de criterio y de creencia que agravan la contradicción. Ni tan poco ni tanto, y eso lo saben y lo sienten los ciudadanos. Junto con la ya vieja decepción provocada por la permisividad excesiva con las reformas últimas de los Estatutos de Autonomía, especialmente el catalán, consentido si no animado desde la Presidencia del Gobierno, es muy probable que este último tropezón haya aumentado el desinterés y el alejamiento por una política que muchos consideran errática y mal orientada.

En mi opinión, no son, pues, la crisis ni la política del Gobierno para afrontarla, que me parece acertada, los fenómenos que han producido una pérdida significativa de votos. Son más bien los errores viejos y nuevos los que desconciertan y desaniman, lo que exige una corrección a fondo de los objetivos que se persiguen y abrir el escenario a la esperanza, a la amistad cívica dirigida a la grandeza desde una mirada más limpia y menos interesada.